luces en la isla


18 de octubre de 2025


  Los últimos cantos de los chajás que se alejan, aleteos de alguna garza rasante al río, que inmutado permanece indiferente a mi hermano y yo, mientras emprendemos la tarea de la cena. Con serenidad y calidez comienza a caer la noche isleña sobre el rió Paranacito.



  La tira de asado chilló cuando Paty le arrimó una gran cantidad de brasas, quien inmediato retomó la pesca sobre la orilla.  No había perturbación alguna en la temprana noche, los pocos mosquitos no tenían oportunidad contra el humo del fogón, tampoco fuerzas para resistirse al viento sur que mantenía rojas las brasas de las ramas de espinillo que rápidamente se consumían.


  Yo disfrutaba del momento simplemente reposando sobre mi silla, arrimando cada tanto leña al fuego y reacomodando las brasas de bajo de la carne, sabía que no siempre se consigue esa amabilidad en las islas victorienses, por lo general la inclemencia de la naturaleza suele perturbar la paz de cualquiera, pero no era uno de esos días.


 Cerca de las 23h habiendo terminado la cena, nos subimos al bote con las cañas de pescar y el mate listo. Paty, piloto de la embarcación encendió el motor, a la luz de linternas remontamos unos 300 metros río arriba. Buscando la parte con más profundidad, nos amarramos a una raíz de árbol sobre una barranca en la costa contraria a la del campamento.


   Las linternas apagadas, dejaban ver un cielo estrellado, libre de una luna menguante que recién brillaría a los empujones del alba. El horizonte santafecino iluminado por las grande ciudades contrastaban las siluetas de espinillos, algarrobos, sauces y timbós, quienes en sus sombras escondían toda la vida silvestre, y quizás, algo mas que no tenga explicaciones razonables  para el humano.

  Para las vacas que se aglomeran de bajo de algún conjunto de árboles para resguardarse del frío de la noche, esto sería un hecho más, acostumbradas a ver algo que con normalidad se traduce como ajeno a su comprensión. 
 Luego de pescar varios bagres de poco tamaño y, a mitad de termo el mate perdía su sabor. Rompí el silencio en busca de motivar la pesca que perdía el encanto.

  "El otro día, Joa contaba que habían salido a caminar en el campo con los muchachos y vieron unas luces, en La Tapera, en Laguna del pescado, no se bien para que lado estaban mirando, pero estaban seguros que no eran aviones, ni satélites, ni otra cosa que conozcamos".

  "Si hoy en día ya no es raro, es obvio que hay algo más, el que no crea es cosa suya". Me respondió Paty afirmando la historia que le contaba.

  Historia que daba pie a la imaginación cuando uno tiene de frente la misma oscuridad con sus miles de puntos que brillan, parpadeantes, estáticos, a millones de años luz de distancia. Pero esta vez algo diferente apareció, contrario, no parpadeaba, se movía, y a pocos kilómetros de nosotros. Una luz parecía ascender, de una intensidad que comenzaba de menos a más, pasando por varios colores que iban desde un amarillo o naranja cambiando a un rojo como el mismo fuego y, luego de unos segundos decrecía y desaparecía.

  "¿Viste eso? ". Pregunté, con emoción luego de pocos minutos de haber hecho el primer comentario.

  "Si, lo vi. Ahí está de nuevo". Asintió Paty, con poco asombro, quien todavía pensaba en la pesca.

  Esta vez eran dos luces, que es sincronía, respetando la distancia una de otra repetían el primer acto.

  "No te puedo creer, eso debe ser lo que vieron los chicos en el campo". Dije, cada vez más asombrado.

  La pesca casi en segundo plano, el mate en tercero. Toda la atención estaba puesta en el horizonte que desplegaba un show de luces que aparecían y desaparecían. En ocasiones la dirección del movimiento cambiaba, de izquierda a derecha, y luego al revés.
 En un solo acto fueron 3 luces, que dejaron en evidencia un movimiento nuevo, ascendían en espiral para nuevamente desvanecerse.


  15 minutos después la incertidumbre del cielo se traslado al agua, ya no había pique.  Decidimos que ya era momento de volver al campamento a descansar.
  Una noche común y corriente para la vida de las islas entrerrianas, acostumbradas a ser acosadas por luces, humanas o no. Porque alguien siempre anda, la fauna se hace miles de preguntas, porque no es parte de la naturaleza que las luces se muevan.
  En cambio el hombre sabe de luces, las entiende, porque es creador y dueño de ellas, pero no de todas.

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